Los jóvenes de San Juan Pablo II viven “Pura Vida”

por Albert Durán Jiménez

 

Tras un año en el que la vida se nos ha escapado entre las manos, los jóvenes de la parroquia San Juan Pablo II, hemos tenido un encuentro cara a cara con la VIDA en mayúsculas. Como estos cinco años atrás, las hermanas Agustinas del Monasterio de la Conversión, nos han abierto las puertas de su casa y de su corazón, compartiendo con nosotros su día a día.

Ha sido una experiencia íntima de encuentro con Dios y de convivencia con esta comunidad, que nos ha permitido participar de sus labores diarias del campo, de los talleres de artesanía, así como de sus momentos de oración y la celebración de la Eucaristía. Además, tenían preparado un programa didáctico titulado Pura Vida, organizado en claves formativas, que seguían de un momento de reflexión personal y un taller en el que trabajábamos la información recibida en grupos. Esta formación nos ha invitado a reflexionar sobre ¿Por qué la vida y no la nada? ¿Por qué nosotros y no otros? ¿Qué cosas nos quitan la vida y cuáles nos la dan? ¿Se puede estar muerto en vida? ¿Qué frutos obtenemos de nuestra vida?… En definitiva, nos ha servido para valorar el regalo más bonito que tenemos, el simple hecho de estar vivos y ser hijos de Dios, además de conocernos a nosotros mismos y sacarle el máximo partido a este regalo y que fecunde el resto del año.

A parte de este desempeño, todas las hermanas de la comunidad y los dos sacerdotes, D. Adrián y D. Alipio, han estado en todo momento dispuestos a escucharnos, aconsejarnos y dirigir nuestro camino de Fe. Todo ello ha servido para que el fruto más importante de este campamento haya sido que todos hayamos vuelto a casa con la sensación de haber crecido y madurado en nuestra espiritualidad y encontrarnos más cerca de Dios.

Volvemos con ganas de ser testimonio, de llevar el mensaje de que Cristo es vida y que vivir en Él no es una carga sino una liberación, que no nos ata, sino que nos permite encontrarlo en todas las cosas que nos gusta hacer, sin renunciar a nada que nos haga verdaderamente feliz.

Solo nos queda agradecer la labor de las Agustinas de la Conversión por su cariño y atención en todo momento, a D. Adrián por brindarnos cada año la oportunidad de vivir este encuentro y todos los que hemos formado parte de Él. Paz y Bien.