Testimonios del campo de trabajo en Tánger´14

Irene López y Manuel Antonio Guerrero son dos de los 16 jóvenes que este año han participado en el Campo de Trabajo de Tánger que ha organizado la Pastoral Juvenil. Durante una semana han vivido la experioencia de ayudar y compartir con aquellos que entregan su vida a los demás en un lugar donde la religión predominante no es la cristina.

Recogemos el testimonio de estos dos jóvenes que han visitado a las Hermanas Carmelitas, el Hospital Español y las Misioneras de la Caridad:

Sólo el Estrecho. Resulta difícil imaginar que sólo cruzando el Estrecho podamos encontrar una ciudad tan diferente, pero Tánger lo es. Otro país, otro continente y, finalmente, otra cultura. También otra religión. Para mí, que la pisaba por primera vez, fue un impacto, pero no el mayor en aquel primer día. Porque ya el primer día fuimos a la Casa Nazaret de los Hermanos Franciscanos de la Cruz Blanca, eje de nuestro campo de trabajo. En la Casa Familiar (como ellos gustan llamarla), los Hermanos acogen a un grupo de discapacitados mentales más o menos profundos (“los niños”), dándoles un verdadero hogar. Pido disculpas por dedicar mi testimonio enteramente a ellos. Os lo explico brevemente: aunque conocimos otras realidades, no puedo dedicarles menos palabras que éstas.
 
 Como decía, verme rodeada de “los niños” por primera vez fue todo un desafío. El aspecto, los gritos, las babas, la aparente ausencia de algunos, las rutinas repetitivas de otros… Internamente luchaba por deshacerme de la barrera de instintivo rechazo que me separaba de ellos, al mismo tiempo que se me planteaban grandes interrogantes. Uno fundamental: “¿Qué hago aquí? ¿Qué puedo darles?” Me sentía perdida e impotente en lo que parecía una eternidad, pero para mi sorpresa fue su iniciativa (la de ellos) la que consiguió que poco a poco todos fuéramos encajando, la que consiguió hacerme sentir bien, aun con las manos llenas de babas. No podía evitar pensar en el Evangelio de aquel día, 4 de agosto. Yo decía: “Si sólo tengo cinco panes y dos peces…”, pero Dios insiste: “Tráemelos y confía”.
 
 La mañana siguiente, la Palabra me regalaba un mensaje de aliento: “Ánimo, soy yo. No tengas miedo. ¿Por qué dudas?” Comprendí entonces que “los niños” eran parte de esos pequeños en los que Cristo se hace presente de forma especial. ¿A qué temer? Si el día anterior el ver a Dios en ellos se había quedado en un deseo, ese día lo vi claro. Ayudar a “los niños” a bañarse en la playa fue un paso definitivo de confianza. Todas las barreras se derrumbaron con sus risas, sus miradas y sus gritos de entusiasmo. Ese día aprendí algo y es que, a pesar de todo, “los niños” respondían con amor al amor que se les ofrecía. Ésa era la clave para entendernos y la que fue llenando nuestro trato de una familiaridad y un cariño en principio impensables. En realidad, esa es la clave para entendernos todos, que en ellos se hace tan evidente: la mirada de Dios, desde el amor.
 
Comienza aquí el verdadero reto: ¿Seremos capaces de llevar esta mirada a nuestro día a día? ¡Recemos por ello!
Irene López
Uno de mis más empedernidos defectos es el juicio. Me paso el día encasillando, juzgando y sospechando. Pero a veces uno se ve abocado a la sospecha sin remedio con tantos ánimos supuestamente comprometidos que al momento se esfuman, citas incumplidas y temperamentos volubles que le hacen pensar a uno que está solo en esta barca, sosteniendo la última columna que queda del edificio de la fe. Pero con sólo salir de mi tierra, antes incluso de llegar al barco, el corazón encallado por la desconfianza se abre y el juicio desaparece ante la evidencia del encuentro con un grupo de corazones inquietos que aloja dentro con cariño a Jesús. No estamos solos, impresión que se verá reforzada al llegar a Tánger y encontrarse con otro puñado de locos.
 
Fue solo tocar tierra en Marruecos y empezar a andar y el juicio a lo ajeno, el miedo al distinto también se fue disipando. Primero viene el desprecio instintivo, pero al instante hay que rendirse ante la evidencia de personas con las mismas miserias interiores y bondades que las nuestras (no alimañas que saltan vallas y ponen bombas). 
 
En apenas una rato pasamos de un mundo supuestamente cristiano a una tierra que se extraña de las cruces pero en la que me sentí más en casa que en mi tierra. De un noventa por ciento de bautizados en las aguas del olvido, para los que la fe es un juguete maleable que todo el mundo tiene derecho a deformar, a la concreción de unas pocas almas con los ojos puestos solo en Cristo. De una Iglesia llevada y traída por una política que la zarandea en uno y otro sentido para ordeñar algún voto al anonimato político. De la propaganda como única manera de hacerse visible en un mundo de consignas y marcas a que sólo se te permita el testimonio de tus obras. De un sitio donde hasta los creyentes nos asumimos prescindibles, a un lugar donde eres apoyo necesario y querido.
 
A muchos les parecerá un cristianismo hemipléjico el que se vive en Tánger (sin manifestaciones públicas, sin visibilidad política) y muchos verán absurda la presencia en un sitio donde no puede haber conversiones. Más absurdo aún que haya carmelitas orando en clausura donde jamás tendrán vocaciones. Pero en pocos sitios creo que puede ser tan sencillo vivir el evangelio sin tener que preocuparse de desinformaciones y embrollos periodísticos; sólo de tener los ojos en Cristo y en los necesitados. En pocos sitios se vive de verdad la comunión eclesial y carisma significa “gracia” y no una división interna. En pocos sitios pesa y se valora tanto la acción como la oración; los que acogen y cuidan como las que oran en lo escondido.
 
Corren tiempos convulsos en la relación del Islam con occidente dominados por el desconocimiento mutuo. Mucho se ha hablado de reconciliar culturas, de estrategias políticas, de alianzas de civilizaciones…Pero el diálogo no se construye desde los despachos: lo construyen los que han salido al encuentro del extraño, los que se han consagrado a derribar las barreras amando, entregando la vida para devolverles a los humildes en justicia lo que les pertenece por derecho, poniendo los ojos en Cristo para ser todo de ellos. Ellos, los religiosos, son los verdaderos embajadores de occidente.

Manuel Antonio Guerrerro